Parte Uno: desde casa hasta Hollywood hasta Las Vegas

En el verano de 2014, enviamos a dos mejores amigos en un viaje inolvidable a través de Estados Unidos. ¿Pero estaba Estados Unidos preparado?

Juan Antoine

Se puso en contacto con nosotros con la idea de hacer un viaje único en la vida y nos encantó la idea de ayudarlo a hacerlo realidad. Si estás pensando en vivir una aventura inolvidable, o si ya has realizado una y quieres contar la historia, ponte en contacto a través de la página de nuestro contribuidor.

Nunca sabes qué podría suceder.

Recuerdo la primera vez que escuché a Bob Dylan cantar la línea "He not busy being born is busy dyin’". Sentí escalofríos. Fue como una bofetada en el rostro del alma, un despertar, una revelación, una invitación para despertar los sentidos y recordar que aún están ahí y que necesitan sentirse vivos.

Esas palabras resonaron en mis oídos y vibraron en mi mente. Me prometí nunca olvidarlas y recordarlas en el momento que me permitiera ser complaciente conmigo mismo por estar vivo o cuando olvidara qué tan rápido pasan los años a través del tiempo.

LA AVENTURA COMIENZA

De manera inevitable, la rutina diaria nos consume poco a poco con el ajetreo de los viajes en hora pico del trabajo a casa, apretados peor que el ganado, con rostros de desesperación y pensando por qué nos obligamos a vivir de una forma tan lamentable; eso me afectó. Si bien siempre me habían gustado las aventuras, los viajes y los sueños, yo también me había convertido en parte del ganado (si bien vestía pantalones deportivos y zapatos con punta de acero). Hasta que cierto día particularmente triste, frío y húmedo, abarrotado en el subte, yendo de este a oeste, rodeado de las axilas sudorosas de los personajes importantes de la ciudad, esa letra volvió a resonar en mis auriculares.

De casualidad estaba leyendo la novela semibiográfica y muy influyente de Jack Kerouac "On the Road", que cuenta sus aventuras y experiencias mientras cruzaba EE. UU., por tercera vez. Una narración que verdaderamente definió la era de la generación beat posterior a la guerra y a todas las generaciones de contracultura que le sucedieron. Ahora era mi turno de experimentar esa sed de vida, de cruzar ese país en expansión donde todo era posible, donde todo podía volverse realidad y cualquiera podía alcanzar el "sueño americano"... quizás, hasta un londinense con algo de tiempo entre manos, que ahora estaba perdido en sus pensamientos en el subte. Aventura. ¡Sí! Eso era lo que me faltaba. Esa era la medicina y la respuesta, y yo no iba a interponerme. Y ¡adelante...!

Desde ya, como con cualquier aventura importante, la experiencia siempre se puede mejorar con un espíritu libre similar. Mi buen amigo y aventurero pelilargo, Darrell, accedió a acompañarme en mis planes inmediatamente y con mucho optimismo. ¡Excelente! En tan solo una semana habíamos reservado los vuelos y hablábamos sin parar sobre todos los sitios que queríamos visitar y las locas aventuras que queríamos experimentar. Lo que no sabíamos en ese momento es que algunas de esas aventuras serían realmente muy locas.

Anotación en el diario: 14 de agosto

"Me encontré con Dal en la estación de Upminster y nos dirigimos hacia el aeropuerto. Qué placer no tener que ir a trabajar rodeado de los rostros de siempre. Primer error: ¡permitir que Dal organizara la ruta! Ja, ja. ¡Terminamos tomando el Heathrow Express, cuando simplemente podríamos haber viajado en la línea Piccadilly! No hubo mayores problemas igualmente, comenzamos el viaje con risas. Tomamos una cerveza para el desayuno y nos dirigimos hacia Filadelfia."

Si bien estuvimos en Philly solamente por el vuelo de conexión, ¡obviamente nos comimos un sándwich de carne y queso al estilo Philly! Dado que era una de las pocas cosas que de hecho habíamos planeado hacer, la llevamos adelante con el mayor entusiasmo posible y mientras cantábamos el rap de "The Fresh Prince".

Luego de un par de horas, cuando ya nos sentíamos satisfechos, abordamos otro avión para volar durante otras cinco horas hasta Los Ángeles, California. La Ciudad de los ángeles nos llamaba. El hogar del brillo y el glamour de Hollywood, el desenfreno de la escena del rock 'n' roll en Sunset Strip, el idealismo hippie de Laurel Canyon, y el sol, el mar y el surf de Venice Beach. Había soñado con una imagen de California desde que era muy pequeño, y era todo lo que había imaginado y más.

Nos tomamos un taxi hasta el apartamento donde nos hospedaríamos durante los siguientes cuatro días aproximadamente. Inmediatamente me hice amigo del conductor del taxi, quien nos dijo que nuestros acentos nos ayudarían mucho, ¡algo que nos encantó oír! Nos hospedamos justo sobre el Sunset Strip, así al levantarnos por la mañana podríamos caminar hasta el final de la calle. Fue realmente increíble poder estar frente al mundialmente famoso Chateau Marmont. El cielo estaba azul, el sol estaba radiante y no había ni una nube en el cielo. Hacia nuestra derecha teníamos las colinas de Hollywood. Podíamos ver el observatorio Griffith a la distancia y, de repente, todo era real.

En mi caso, tenía muchas cosas que tachar de mi lista que tenían que ver con LA. Como gran fanático de la música de la costa oeste de la década de 1960, tenía que hacer ciertos peregrinajes. Una de las primeras cosas que hicimos fue caminar hasta Laurel Canyon, famoso por haber sido el epicentro de la psicodelia en LA y el hogar de Jim Morrison, Joni Mitchell, Mama Cass, Crosby Stills y Nash, y de otros innumerables músicos increíbles de la época. Pasamos por la tienda Canyon Country Store (mencionada en la canción de The Doors "Love Street") y pudimos ver la casa de Jim Morrison. También intentamos escalar el cañón.

Tomamos el arduo y largo camino por el costado de una montaña: en principio fue la montaña equivocada y, probablemente, tampoco se trataba de una montaña real. En la cima, cuando logramos tener la vista desde el observatorio Griffith, pudimos notar en verdad el tamaño de Los Ángeles. A diferencia de Londres, donde todo está agrupado en un área pequeña, LA está esparcido a lo largo y a lo ancho. Me di vuelta y miré tierra adentro hacia el Lejano Oeste, y ahí puse en perspectiva la magnitud del viaje que nos esperaba. ¡No cabe duda de por qué se rieron de mí cuando les dije que podía caminar desde Venice Beach hasta Hollywood!

UNA VIEJA AMIGA

Por suerte contábamos con una amiga en Hollywood, una lunática amigable llamada Dina. Dina en verdad hizo que nuestra aventura cobrase forma y la hizo una experiencia más divertida de lo que habíamos imaginado. Sin ella como guía nos habríamos perdido, muchas veces y de muchas formas. Condujo con nosotros de pasajeros por todas partes y nos llevó a los bares y discotecas de moda: The Viper Room, The Roosevelt Hotel, el bar del Chateau Marmont. Nos llevó a una fiesta con piscina en las Hollywood Hills, en la casa de un famoso representante de la industria musical y, al igual que sucede en las películas, ¡estábamos rodeados de gente hermosa y copas rojas! Cuando terminó la noche quedamos solo Darrel, Dina y yo bailando en esta mansión enorme. En secreto deseábamos ser el centro de atención, ¡y lo fuimos! Fue bastante surrealista. Dina nos acompañó por un par de noches y, sin dudas, fue la tercera miembro de esta gran aventura.

Luego de pasar algunos días con mi amiga, nos dirigimos hacia el océano en Venice Beach, hogar y lugar de nacimiento de los Z-Boys, leyendas de la patineta. El clima seguía acompañándonos, así que pudimos disfrutar del sol, correr en las mañanas por la costa hasta el muelle de Santa Mónica, visitar los famosos canales, nadar en el mar e intentar montar las olas, ver delfines y hacernos tatuajes para recordar la experiencia. Darrell se tatuó algo maravilloso, una gran anécdota para el futuro: ¡una percha en la pierna! Cuando le preguntan por qué la tiene, responde "¡para tener dónde colgar mi abrigo!". ¡Increíble!

Si bien nos hubiera encantado pasar más tiempo en LA, debíamos continuar y seguir recorriendo EE. UU. La ruta Pacific Coast nos llamaba y la única manera correcta de viajar por la serpenteante línea costera de California era a bordo de un convertible poderoso. ¡Y partimos hacia San Francisco! Nos llevamos con nosotros a nuestra amiga Dina y a su amiga Patty. El trayecto duró 8 horas e incluyó vistas maravillosas de Malibú, perdernos en los cañones para terminar en caminos de tierra, rock 'n' roll londinense sonando en los altoparlantes, indicaciones pésimas de las chicas y múltiples paradas en boxes en las tiendas 7/11.

Cuando finalmente llegamos al sector de la bahía de San Francisco (ya era de noche) y vimos las luces brillantes en toda la ciudad, el puente Golden Gate justo delante nuestro. No estábamos mal por lo que habíamos dejado kilómetros atrás, sino emocionados por lo que veíamos asomar en las calles sobre las colinas.

Anotación en el diario: 23 de agosto

"Todos condujimos hacia Fishermans Wharf. ¡Conduje en SF! ¡Vaya! Hermoso paseo. Vimos leones marinos, la prisión Alcatraz a lo lejos y el hermoso puente Golden Gate. Luego fue el turno de Dal para conducir, paseamos por Haight-Ashbury, ¡y pude tachar otro sitio de mi lista! Podías sentir y ver que se trataba de un área hippie. ¡Un muchacho caminaba desnudo por la calle, en su mundo! Es justo. Por la tarde nos dirigimos a un bar en la terraza de un hotel para tomar unos tragos y apreciar la vista de la ciudad. Luego, de algún modo, terminamos en una discoteca de hip-hop en el centro, y con Dal cantamos a dúo "Baggy Trousers" de Madness. Ja, ja. Nos salió bastante bien, a decir verdad."

 

Luego de pasar algunos días en esta hermosa ciudad de creatividad, debíamos partir nuevamente. Nos despedimos de las chicas (por ahora). Ellas regresaron a Hollywood para continuar con sus vidas de fiesta con las celebridades en mansiones enormes y bronceados en el hermoso sol del sur de California. Nosotros nos dirigimos a un entorno más duro: Nevada.

Luego de conducir durante ocho horas por el desierto (y dejar atrás pueblos fantasma y minas antiguas abandonadas, burros que caminaban por la carretera y comunidades que parecían espejismos) llegamos a Las Vegas, la ciudad del pecado, el hogar del Rat Pack, las vedettes, el desenfreno, las apuestas, los hoteles opulentos, las decoraciones estridentes y ... y el dinero, ¡desde ya!

Estaba atardeciendo cuando finalmente divisamos la ciudad en el horizonte. Mientras dejábamos atrás el desierto, llegábamos a un oasis que calmaría todos los tipos de sed que acumulábamos hace tiempo. Darrell, que ya había visitado Las Vegas, me dijo que era como Disneylandia para adultos. Dado que yo tampoco había ido a Disneylandia, sabía que me iba a volar la cabeza. Desde ya, también voló mi billetera.

Anotación en el diario: 31 de agosto

"¡Sobrevivimos! Estaba decidido que ya era momento de regresar al auto y continuar. Mientras escribo esto, estamos conduciendo por este desierto árido increíble. No estoy seguro de dónde estamos, pero creo que es el Valle de la Muerte. ¡No puedo creer que estemos en el Valle de la Muerte! Los caminos son ridículamente rectos, cortan directo el paisaje como una cicatriz de alquitrán, y los postes de teléfono en el borde del camino parecen marcas de costuras. Y plantas rodadoras, también. Tenemos mucho trayecto por delante hasta llegar a nuestro próximo destino."

Nos hospedamos en el encantador Hooters Hotel. Fuimos para probar sus alitas de pollo, ¡pero nos quedamos porque el MGM es mucho más caro! Aunque parezca extraño, las habitaciones aquí eran más baratas (y mucho más limpias) que las de algunos moteles donde paramos por el camino.

Nos dirigimos al Strip casi inmediatamente. Había personajes por todas partes. No solo personas interesantes, sino que me refiero a personajes de verdad. Vimos a Iron Man, a Thor, y una cantidad de otros héroes y heroínas de acción que se paseaban para recibir propinas. Es todo parte de la experiencia Las Vegas, parece.

Las brillantes luces de neón encienden cada calle y cada edificio. La música sonaba desde los arbustos y las famosas aguas danzantes del Bellagio bailaban al compás de "Hey, Big Spender". Realmente espectacular. Todo era un espectáculo.

Pasaron las horas y ya era momento de continuar. Si bien estábamos casi quebrados (y aún más cansados), teníamos más sitios que visitar y el tiempo corría.

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